Blog de interés cultural, social y comunicacional. Site dedicado a la difusión de las artes y espectáculos. Pensamientos del colectivo imaginario. Reflexión sobre temas cotidianos. Una manera de proponer ideas para una Argentina mejor, comprometida con su gente, su pasado, presente y futuro. - EL OJO PARLANTE - Copyright © TM 2005 - 2008 - R.A.Carrasquet - Ciudad Autónoma de la Santísima Trinidad - Puerto de Santa María de los Buenos Aires - Sudamérica - República Argentina -

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2.4.07

- 25 DE MALVINAS -



Las dos caras de Malvinas

El 2 de abril de 1982 es, en el sentimiento y en la memoria de los argentinos, una fecha signada por implicancias y emociones tan dolorosas como contradictorias.

El recuerdo de los acontecimientos que se sucedieron a partir de esa jornada singularísima de nuestra historia suscita, en efecto, dos visiones opuestas, dos reacciones vitales que tienden a chocar entre sí.

De un lado, la certeza de que la guerra del Atlántico Sur que se puso en marcha ese día fue el resultado de un error geoestratégico gravísimo, que llevó al país a una derrota innecesaria, que tuvo un altísimo costo en vidas humanas y que causó un daño ostensible a los reales intereses de la Nación.

Del otro, la ineludible necesidad de tributar nuestro emocionado reconocimiento a los combatientes argentinos que ofrendaron su vida por la Patria en esa oportunidad y que dieron una lección silenciosa de coraje y de heroísmo, mucho más allá de las debilidades y los errores que sin duda se les deben atribuir a quienes defendieron tan equivocadamente en esa hora, desde los más altos sitiales del poder político, las banderas del genuino interés nacional.

Tratemos de reconstruir con la mayor objetividad posible los hechos. Retrocedamos al 2 de abril de 1982, el día en que el gobierno de facto instalado en 1976, presidido en esa etapa por el general Leopoldo Galtieri, puso en marcha, sin ningún realismo y con una cuota sorprendente de irresponsabilidad, el operativo militar destinado a recuperar por la fuerza las islas Malvinas, ocupadas sin derecho alguno por Gran Bretaña desde 1833.

Un diferendo internacional que durante más de un siglo había sido canalizado por nuestro país por la vía formal y pacífica de los reclamos diplomáticos fue transfigurado, de la noche a la mañana, en un conflicto bélico que no podía augurarnos nada bueno a los argentinos, dado que nos arrastraba a un enfrentamiento armado con una de las máximas potencias militares del mundo desarrollado, a la vez que nos exponía a un peligrosísimo choque de hostilidades con sus principales aliados históricos y estratégicos.

Se cumplen hoy 25 años del día en que el país adoptó la incomprensible decisión de involucrarse en una guerra para la cual no estaba militarmente preparado. Desde el primer momento se hizo evidente que los argentinos llevaríamos la peor parte en la aventura bélica que un puñado de jefes militares estaba desatando de manera tan irreflexiva. Y eso fue, efectivamente, lo que sucedió.

Sin poner en duda la legitimidad de los derechos que siempre había invocado la Argentina para extender su soberanía sobre las islas -derechos que se fundan en razones históricas de incontrastable valor-, la perspectiva del tiempo transcurrido desde 1982 no ha hecho otra cosa que confirmarnos la idea de que la decisión del gobierno presidido por Galtieri entrañó un gravísimo error estratégico. Se llega a esa desoladora conclusión no sólo si se analiza la ocupación forzada de las islas desde el punto de vista de su estricta viabilidad militar, sino también, y muy especialmente, si se toman en cuenta las circunstancias que definen el contexto histórico y geopolítico en el que los hechos iban a insertarse.

Pero a la vez que percibimos la irreparable equivocación de quienes gobernaban el país en ese tiempo, experimentamos, como queda dicho, la perturbadora sensación de que la sociedad argentina contrajo una deuda moral nunca saldada con quienes fueron convocados a morir por la Patria en las Malvinas.

En esa deuda hay que abarcar no sólo a los que cayeron en la lucha, sino también a quienes, al volver de la guerra, no recibieron del Estado nacional la atención que merecían, ni en términos de reparación moral ni en lo relativo al cuidado de su salud física y de su reinserción laboral o económica. El país no fue solidario con sus soldados ni durante la hora suprema del combate ni durante el traumático proceso de la repatriación de los sobrevivientes.

Si la movilización militar había sido acompañada por severos errores, la posterior "desmalvinización" del conflicto incluyó omisiones no menos graves. Por supuesto, en la conmovida evocación a quienes ofrendaron su vida no puede faltar el recuerdo de los tripulantes del crucero General Belgrano, víctimas de un ataque tan alevoso como reprobable, perpetrado por el gobierno británico en un escenario decididamente alejado del teatro de la guerra.

Al cumplirse un cuarto de siglo de aquel 2 de abril, ninguna de esas vivencias debe ser silenciada ni ocultada. Los argentinos tenemos el deber de asumir y revivir la Guerra de las Malvinas en toda su dimensión y en todo su desarrollo. Si hubo sombras indisimulables detrás de los trágicos acontecimientos que se desencadenaron en el Atlántico Sur, hubo también, aun en medio de la derrota y del dolor inconsolable por las vidas perdidas, señales individuales de grandeza y de heroísmo que es justo y necesario reivindicar.

La vida de las naciones, como la de los seres humanos, está escrita con sangre y dolor, pero también con gestos nobles y generosos, grandes o pequeños, que a menudo pasan inadvertidos en la vasta complejidad de las acciones humanas. La historia deja enseñanzas -insistimos: grandes y pequeñas- que los pueblos y los hombres deben asumir en toda su proyección y en todo su significado. Esa es la deuda que los argentinos todavía no hemos saldado. En definitiva, una deuda con muchos de nuestros compatriotas y con nosotros mismos, que nos resistimos a reconocer.

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- 25 DE MALVINAS -



Las dos caras de Malvinas

El 2 de abril de 1982 es, en el sentimiento y en la memoria de los argentinos, una fecha signada por implicancias y emociones tan dolorosas como contradictorias.

El recuerdo de los acontecimientos que se sucedieron a partir de esa jornada singularísima de nuestra historia suscita, en efecto, dos visiones opuestas, dos reacciones vitales que tienden a chocar entre sí.

De un lado, la certeza de que la guerra del Atlántico Sur que se puso en marcha ese día fue el resultado de un error geoestratégico gravísimo, que llevó al país a una derrota innecesaria, que tuvo un altísimo costo en vidas humanas y que causó un daño ostensible a los reales intereses de la Nación.

Del otro, la ineludible necesidad de tributar nuestro emocionado reconocimiento a los combatientes argentinos que ofrendaron su vida por la Patria en esa oportunidad y que dieron una lección silenciosa de coraje y de heroísmo, mucho más allá de las debilidades y los errores que sin duda se les deben atribuir a quienes defendieron tan equivocadamente en esa hora, desde los más altos sitiales del poder político, las banderas del genuino interés nacional.

Tratemos de reconstruir con la mayor objetividad posible los hechos. Retrocedamos al 2 de abril de 1982, el día en que el gobierno de facto instalado en 1976, presidido en esa etapa por el general Leopoldo Galtieri, puso en marcha, sin ningún realismo y con una cuota sorprendente de irresponsabilidad, el operativo militar destinado a recuperar por la fuerza las islas Malvinas, ocupadas sin derecho alguno por Gran Bretaña desde 1833.

Un diferendo internacional que durante más de un siglo había sido canalizado por nuestro país por la vía formal y pacífica de los reclamos diplomáticos fue transfigurado, de la noche a la mañana, en un conflicto bélico que no podía augurarnos nada bueno a los argentinos, dado que nos arrastraba a un enfrentamiento armado con una de las máximas potencias militares del mundo desarrollado, a la vez que nos exponía a un peligrosísimo choque de hostilidades con sus principales aliados históricos y estratégicos.

Se cumplen hoy 25 años del día en que el país adoptó la incomprensible decisión de involucrarse en una guerra para la cual no estaba militarmente preparado. Desde el primer momento se hizo evidente que los argentinos llevaríamos la peor parte en la aventura bélica que un puñado de jefes militares estaba desatando de manera tan irreflexiva. Y eso fue, efectivamente, lo que sucedió.

Sin poner en duda la legitimidad de los derechos que siempre había invocado la Argentina para extender su soberanía sobre las islas -derechos que se fundan en razones históricas de incontrastable valor-, la perspectiva del tiempo transcurrido desde 1982 no ha hecho otra cosa que confirmarnos la idea de que la decisión del gobierno presidido por Galtieri entrañó un gravísimo error estratégico. Se llega a esa desoladora conclusión no sólo si se analiza la ocupación forzada de las islas desde el punto de vista de su estricta viabilidad militar, sino también, y muy especialmente, si se toman en cuenta las circunstancias que definen el contexto histórico y geopolítico en el que los hechos iban a insertarse.

Pero a la vez que percibimos la irreparable equivocación de quienes gobernaban el país en ese tiempo, experimentamos, como queda dicho, la perturbadora sensación de que la sociedad argentina contrajo una deuda moral nunca saldada con quienes fueron convocados a morir por la Patria en las Malvinas.

En esa deuda hay que abarcar no sólo a los que cayeron en la lucha, sino también a quienes, al volver de la guerra, no recibieron del Estado nacional la atención que merecían, ni en términos de reparación moral ni en lo relativo al cuidado de su salud física y de su reinserción laboral o económica. El país no fue solidario con sus soldados ni durante la hora suprema del combate ni durante el traumático proceso de la repatriación de los sobrevivientes.

Si la movilización militar había sido acompañada por severos errores, la posterior "desmalvinización" del conflicto incluyó omisiones no menos graves. Por supuesto, en la conmovida evocación a quienes ofrendaron su vida no puede faltar el recuerdo de los tripulantes del crucero General Belgrano, víctimas de un ataque tan alevoso como reprobable, perpetrado por el gobierno británico en un escenario decididamente alejado del teatro de la guerra.

Al cumplirse un cuarto de siglo de aquel 2 de abril, ninguna de esas vivencias debe ser silenciada ni ocultada. Los argentinos tenemos el deber de asumir y revivir la Guerra de las Malvinas en toda su dimensión y en todo su desarrollo. Si hubo sombras indisimulables detrás de los trágicos acontecimientos que se desencadenaron en el Atlántico Sur, hubo también, aun en medio de la derrota y del dolor inconsolable por las vidas perdidas, señales individuales de grandeza y de heroísmo que es justo y necesario reivindicar.

La vida de las naciones, como la de los seres humanos, está escrita con sangre y dolor, pero también con gestos nobles y generosos, grandes o pequeños, que a menudo pasan inadvertidos en la vasta complejidad de las acciones humanas. La historia deja enseñanzas -insistimos: grandes y pequeñas- que los pueblos y los hombres deben asumir en toda su proyección y en todo su significado. Esa es la deuda que los argentinos todavía no hemos saldado. En definitiva, una deuda con muchos de nuestros compatriotas y con nosotros mismos, que nos resistimos a reconocer.