Blog de interés cultural, social y comunicacional. Site dedicado a la difusión de las artes y espectáculos. Pensamientos del colectivo imaginario. Reflexión sobre temas cotidianos. Una manera de proponer ideas para una Argentina mejor, comprometida con su gente, su pasado, presente y futuro. - EL OJO PARLANTE - Copyright © TM 2005 - 2008 - R.A.Carrasquet - Ciudad Autónoma de la Santísima Trinidad - Puerto de Santa María de los Buenos Aires - Sudamérica - República Argentina -

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22.6.08

- CACEROLAS -




El peligroso poder de las cacerolas


En algunas partes del mundo, se celebran cacerolazos para ahuyentar a espíritus malignos o enjambres de langostas que depauperan regiones enteras devorando las cosechas. En la Argentina, sirven para ahuyentar a mandatarios impopulares o, cuando menos, para obligarlos a deshacerse del Rasputín de turno. Los ejemplos clásicos del género fueron los de fines del 2001 que contribuyeron a asestar el golpe de gracia al gobierno del presidente Fernando de la Rúa y abrir la puerta para Eduardo Duhalde y, un par de años más tarde, para Néstor Kirchner. Puede entenderse, pues, la consternación que con toda seguridad se apoderó de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner cuando desde Tierra del Fuego hasta Jujuy las calles y plazos de la República se llenaron una y otra vez de manifestantes armados de cacerolas y cucharones que gritaban consignas contra su gobierno y, con frecuencia creciente, contra ella misma.

¿Podría compartir Cristina el destino penoso de De la Rúa? A juzgar por las alusiones esporádicas de su marido a helicópteros y cañoneras paraguayas, Cristina siempre ha sido consciente de que aquí una gestión poco satisfactoria suele concluir con la huída o la detención de los protagonistas. Con todo, a diferencia de lo que sucedió cuando agonizaba la convertibilidad, en esta ocasión no se han producido saqueos masivos organizados por gente deseosa de apurar el colapso de un gobierno tambaleante. Mientras no se produzcan disturbios violentos, el Gobierno podrá sobrevivir a cualquier cantidad de cacerolazos, siempre y cuando no se les ocurra a los legisladores peronistas que podrían impedir una sangría fenomenal de votos en las próximas elecciones legislativas impulsando un juicio político.

Para no tener que pensar en las connotaciones más alarmantes de la erupción volcánica de descontento que la semana pasada cubrió el territorio nacional, Cristina, Néstor y sus fieles oscilaron entre minimizar su importancia y dramatizarla ubicándola en su universo ideológico particular, o sea, en su “relato” preferido. Por un lado, Cristina aseguró que todo fue obra de la Sociedad Rural, como si el poder de convocatoria de Luciano Miguens fuera tan colosal que con un solo guiño sería capaz de movilizar a centenares de miles, quizás millones, de personas. Por el otro, traza una línea directa entre los golpistas de antaño y, como si esto no fuera suficiente, con los aviadores marinos que fueron autores de la masacre horrenda que se produjo en Plaza de Mayo poco antes de estallar la llamada Revolución Libertadora de 1955 y quienes apoyan la campaña del campo contra las retenciones móviles. Parecería que para Cristina todos aquellos que se animan a protestar contra la política de su gobierno haciendo uso de la metodología piquetera que su marido legitimó son subversivos derechistas, cuando no neoliberales, en guerra con la democracia y los derechos humanos.

Que los Kirchner se hayan sentido confundidos por los cacerolazos gigantescos de los días últimos puede comprenderse. Pero no son los únicos que deberían preocuparse por lo que está sucediendo. El cacerolismo, por llamarlo así, es un fenómeno perturbador, una expresión de bronca por parte de sectores sociales amplísimos que no confían para nada ni en el Poder Ejecutivo ni en las instituciones supuestamente representativas, comenzando con el Congreso. Una sociedad en que los cacerolazos se hayan hecho casi rutinarios es una que a juicio de buena parte de sus integrantes no cuenta con las instituciones que le permitirían resolver sus conflictos de manera civilizada. Aunque el Congreso existe y en ocasiones diputados y senadores bien remunerados asisten a las sesiones, la mayoría siente que es una cáscara hueca, una fachada que cumple una función meramente simbólica, razón por la que su prestigio está por los suelos.

Siempre es tentador imputar el desprecio generalizado por el Congreso a la calidad defectuosa de la clase política actual, pasando por alto el hecho de que de quererlo la ciudadanía podría reemplazarla por otra más digna de su respeto. Sin embargo, incluso en etapas signadas por crisis económicas y sociales tremendas el electorado se ha mostrado remiso a aprovechar las oportunidades para expulsar a los obsecuentes ineptos para que tomen su lugar personas presuntamente mejor preparadas; en los comicios que siguieron a meses en que parecía que la mayoría quería que se fueran todos, casi todos los así denostados resultaron reelegidos.

Los Kirchner distan de ser los únicos responsables de la virtual marginación del Congreso. Sin la colaboración entusiasta del grueso de los legisladores el Congreso no se hubiera degenerado en lo que muchos califican de una “escribanía” que se limite a aprobar a libro cerrado todo cuanto le envía el Poder Ejecutivo. Por desgracia, la Argentina es un país hiperpresidencialista en que son demasiados los parlamentarios que están más que dispuestos a ceder poder –si se trata de superpoderes, tanto mejor– al Líder Máximo, para que maneje los asuntos nacionales a su antojo. Además de posibilitar enfrentamientos ruinosos como el del Gobierno y el campo, que desde hace más de cien días está provocando estragos irreparables en la economía y poniendo en peligro la paz social, este arreglo expone al presidente a tentaciones que, si cae en ellas, andando el tiempo podrían suponerle un destino muy triste. Cambiarlo no será nada fácil, pero a menos que el país logre dotarse de un sistema menos caudillista seguirán produciéndose situaciones en que sea forzoso elegir entre resignarse a ser gobernado por personas repudiadas por la mayoría abrumadora de la población y correr los riesgos que serían planteados por eventuales intentos de destituirlas desde la calle.

Consciente de esta realidad, el gobernador santafesino Hermes Binner les avisó a los Kirchner que “esta manera de gobernar está llegando a su fin” y que por lo tanto convendría “transitar hacia formas más participativas de democracia” como las de los países europeos. Por su parte, el vicepresidente Julio César Cobos, luego de ensañarse con el fatídico estilo K pidiendo que se dejen atrás “los agravios, la búsqueda de culpables, la intolerancia”, reivindicó al Congreso Nacional al señalar que es el “lugar por excelencia de la expresión de la pluralidad y representatividad de una sociedad democrática”. Cristina acusó recibo del mensaje. Para salir del pantano en que se había hundido hasta el cuello, optó por permitir que el Congreso apruebe o rechace las retenciones. Si bien la Presidenta confía en que la mayoría oficialista asegurará que sean ratificadas sin que procure modificar una sola coma, se trataba de una concesión significante. Al fin y al cabo, es más o menos lo que las entidades del campo y la oposición reclamaban desde el vamos.

Hasta ahora Cristina no ha sido el blanco principal de los cacerolazos. Los del sábado y del lunes pasados se dirigieron contra la voluntad del Gobierno de emplear la violencia para reprimir a quienes protestaban so pretexto de que tramaban un golpe de Estado. El espectáculo brindado por los gendarmes que agarraron a Alfredo De Angeli, por los batatas rufianescos reclutados por el secretario de Comercio Interior Guillermo Moreno, por los encapuchados que se encargaron de dispersar a manifestantes congregados frente a la residencia presidencial de Olivos y, lo que resultó ser todavía más incendiario, por el pedido de Luis D’Elía de que el “pueblo” –es decir, el grupo de sus seguidores– sea armado para defender mejor al Gobierno contra las hordas golpistas, hizo temer que el país corriera de prisa hacia una catástrofe decididamente más sanguinaria que la que acompañó la caída de De la Rúa. Como advirtió el intendente de Rosario, Miguel Lifschitz, “nos vamos acercando al precipicio y nadie hace nada”.

El protagonismo de D’Elía, el impulsor original de la concentración en Plaza de Mayo del miércoles último, tiene preocupado a casi todos los habitantes de la Argentina. Aunque en su primera y es de suponer última conferencia de prensa Néstor Kirchner lo desautorizó a medias, afirmando no compartir sus ideas y no creer que “Duhalde está detrás de ningún golpe”, ya se ha instalado la convicción de que D’Elía es su otro yo y que cuando convoca a una guerra a muerte contra los adversarios del Gobierno está expresando a su manera truculenta lo que piensa su amo. Así las cosas, a menos que Kirchner encuentre la forma de abozalar a su rottweiler favorito, éste continuará brindando motivos irresistibles para salir a la calle a quienes manifiestan sus opiniones aporreando cacerolas, ollas o cualquier otro utensilio metálico.

Para los peronistas, el hecho de que con la eventual excepción de Plaza de Mayo y sus alrededores la calle pertenezca a una oposición multitudinaria amorfa es todo un desafío. El mito fundacional de su movimiento da un lugar de privilegio a la muchedumbre y cada tanto se sienten constreñidos a procurar volver a realizar, aunque sea de modo claramente artificial, los acontecimientos que culminaron el 17 de octubre de 1946. Toda vez que las circunstancias parecen exigirlo, repiten los mismos ritos, lo que hoy en día es un ejercicio sumamente caro costeado en última instancia por los contribuyentes, ya que los intendentes del conurbano y de distritos más alejados, los “luchadores sociales” y otros que dependen de la munificencia presidencial se saben obligados a transportar a Plaza de Mayo una cantidad adecuada de gente para hacer número y, si pueden, a llamar la atención del jefe a los resultados de sus esfuerzos.

¡Cuánta envidia sentirán los kirchneristas cuando piensan en los cacerolazos masivos que nadie tiene que organizar! Sin gastar un solo centavo salvo los supuestos por el uso del celular para difundir mensajes de texto, en un par de horas los enojados con el Gobierno pueden convocar a decenas de miles de manifestantes. Lo único que necesitan es un buen pretexto, pero puesto que el Gobierno y sus adalides raramente dejan pasar un día sin cometer al menos una barbaridad, tienen asegurado un suministro constante de motivos para ir a la cocina y escoger el instrumento que les parece más apropiado para hacer ruido, para entonces reunirse con otros manifestantes de sentimientos similares.

Por James Neilson, periodista y analista político, ex director de “The Buenos Aires Herald”. | Ilustración: Pablo Temes.

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En algunas partes del mundo, se celebran cacerolazos para ahuyentar a espíritus malignos o enjambres de langostas que depauperan regiones enteras devorando las cosechas. En la Argentina, sirven para ahuyentar a mandatarios impopulares o, cuando menos, para obligarlos a deshacerse del Rasputín de turno. Los ejemplos clásicos del género fueron los de fines del 2001 que contribuyeron a asestar el golpe de gracia al gobierno del presidente Fernando de la Rúa y abrir la puerta para Eduardo Duhalde y, un par de años más tarde, para Néstor Kirchner. Puede entenderse, pues, la consternación que con toda seguridad se apoderó de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner cuando desde Tierra del Fuego hasta Jujuy las calles y plazos de la República se llenaron una y otra vez de manifestantes armados de cacerolas y cucharones que gritaban consignas contra su gobierno y, con frecuencia creciente, contra ella misma.

¿Podría compartir Cristina el destino penoso de De la Rúa? A juzgar por las alusiones esporádicas de su marido a helicópteros y cañoneras paraguayas, Cristina siempre ha sido consciente de que aquí una gestión poco satisfactoria suele concluir con la huída o la detención de los protagonistas. Con todo, a diferencia de lo que sucedió cuando agonizaba la convertibilidad, en esta ocasión no se han producido saqueos masivos organizados por gente deseosa de apurar el colapso de un gobierno tambaleante. Mientras no se produzcan disturbios violentos, el Gobierno podrá sobrevivir a cualquier cantidad de cacerolazos, siempre y cuando no se les ocurra a los legisladores peronistas que podrían impedir una sangría fenomenal de votos en las próximas elecciones legislativas impulsando un juicio político.

Para no tener que pensar en las connotaciones más alarmantes de la erupción volcánica de descontento que la semana pasada cubrió el territorio nacional, Cristina, Néstor y sus fieles oscilaron entre minimizar su importancia y dramatizarla ubicándola en su universo ideológico particular, o sea, en su “relato” preferido. Por un lado, Cristina aseguró que todo fue obra de la Sociedad Rural, como si el poder de convocatoria de Luciano Miguens fuera tan colosal que con un solo guiño sería capaz de movilizar a centenares de miles, quizás millones, de personas. Por el otro, traza una línea directa entre los golpistas de antaño y, como si esto no fuera suficiente, con los aviadores marinos que fueron autores de la masacre horrenda que se produjo en Plaza de Mayo poco antes de estallar la llamada Revolución Libertadora de 1955 y quienes apoyan la campaña del campo contra las retenciones móviles. Parecería que para Cristina todos aquellos que se animan a protestar contra la política de su gobierno haciendo uso de la metodología piquetera que su marido legitimó son subversivos derechistas, cuando no neoliberales, en guerra con la democracia y los derechos humanos.

Que los Kirchner se hayan sentido confundidos por los cacerolazos gigantescos de los días últimos puede comprenderse. Pero no son los únicos que deberían preocuparse por lo que está sucediendo. El cacerolismo, por llamarlo así, es un fenómeno perturbador, una expresión de bronca por parte de sectores sociales amplísimos que no confían para nada ni en el Poder Ejecutivo ni en las instituciones supuestamente representativas, comenzando con el Congreso. Una sociedad en que los cacerolazos se hayan hecho casi rutinarios es una que a juicio de buena parte de sus integrantes no cuenta con las instituciones que le permitirían resolver sus conflictos de manera civilizada. Aunque el Congreso existe y en ocasiones diputados y senadores bien remunerados asisten a las sesiones, la mayoría siente que es una cáscara hueca, una fachada que cumple una función meramente simbólica, razón por la que su prestigio está por los suelos.

Siempre es tentador imputar el desprecio generalizado por el Congreso a la calidad defectuosa de la clase política actual, pasando por alto el hecho de que de quererlo la ciudadanía podría reemplazarla por otra más digna de su respeto. Sin embargo, incluso en etapas signadas por crisis económicas y sociales tremendas el electorado se ha mostrado remiso a aprovechar las oportunidades para expulsar a los obsecuentes ineptos para que tomen su lugar personas presuntamente mejor preparadas; en los comicios que siguieron a meses en que parecía que la mayoría quería que se fueran todos, casi todos los así denostados resultaron reelegidos.

Los Kirchner distan de ser los únicos responsables de la virtual marginación del Congreso. Sin la colaboración entusiasta del grueso de los legisladores el Congreso no se hubiera degenerado en lo que muchos califican de una “escribanía” que se limite a aprobar a libro cerrado todo cuanto le envía el Poder Ejecutivo. Por desgracia, la Argentina es un país hiperpresidencialista en que son demasiados los parlamentarios que están más que dispuestos a ceder poder –si se trata de superpoderes, tanto mejor– al Líder Máximo, para que maneje los asuntos nacionales a su antojo. Además de posibilitar enfrentamientos ruinosos como el del Gobierno y el campo, que desde hace más de cien días está provocando estragos irreparables en la economía y poniendo en peligro la paz social, este arreglo expone al presidente a tentaciones que, si cae en ellas, andando el tiempo podrían suponerle un destino muy triste. Cambiarlo no será nada fácil, pero a menos que el país logre dotarse de un sistema menos caudillista seguirán produciéndose situaciones en que sea forzoso elegir entre resignarse a ser gobernado por personas repudiadas por la mayoría abrumadora de la población y correr los riesgos que serían planteados por eventuales intentos de destituirlas desde la calle.

Consciente de esta realidad, el gobernador santafesino Hermes Binner les avisó a los Kirchner que “esta manera de gobernar está llegando a su fin” y que por lo tanto convendría “transitar hacia formas más participativas de democracia” como las de los países europeos. Por su parte, el vicepresidente Julio César Cobos, luego de ensañarse con el fatídico estilo K pidiendo que se dejen atrás “los agravios, la búsqueda de culpables, la intolerancia”, reivindicó al Congreso Nacional al señalar que es el “lugar por excelencia de la expresión de la pluralidad y representatividad de una sociedad democrática”. Cristina acusó recibo del mensaje. Para salir del pantano en que se había hundido hasta el cuello, optó por permitir que el Congreso apruebe o rechace las retenciones. Si bien la Presidenta confía en que la mayoría oficialista asegurará que sean ratificadas sin que procure modificar una sola coma, se trataba de una concesión significante. Al fin y al cabo, es más o menos lo que las entidades del campo y la oposición reclamaban desde el vamos.

Hasta ahora Cristina no ha sido el blanco principal de los cacerolazos. Los del sábado y del lunes pasados se dirigieron contra la voluntad del Gobierno de emplear la violencia para reprimir a quienes protestaban so pretexto de que tramaban un golpe de Estado. El espectáculo brindado por los gendarmes que agarraron a Alfredo De Angeli, por los batatas rufianescos reclutados por el secretario de Comercio Interior Guillermo Moreno, por los encapuchados que se encargaron de dispersar a manifestantes congregados frente a la residencia presidencial de Olivos y, lo que resultó ser todavía más incendiario, por el pedido de Luis D’Elía de que el “pueblo” –es decir, el grupo de sus seguidores– sea armado para defender mejor al Gobierno contra las hordas golpistas, hizo temer que el país corriera de prisa hacia una catástrofe decididamente más sanguinaria que la que acompañó la caída de De la Rúa. Como advirtió el intendente de Rosario, Miguel Lifschitz, “nos vamos acercando al precipicio y nadie hace nada”.

El protagonismo de D’Elía, el impulsor original de la concentración en Plaza de Mayo del miércoles último, tiene preocupado a casi todos los habitantes de la Argentina. Aunque en su primera y es de suponer última conferencia de prensa Néstor Kirchner lo desautorizó a medias, afirmando no compartir sus ideas y no creer que “Duhalde está detrás de ningún golpe”, ya se ha instalado la convicción de que D’Elía es su otro yo y que cuando convoca a una guerra a muerte contra los adversarios del Gobierno está expresando a su manera truculenta lo que piensa su amo. Así las cosas, a menos que Kirchner encuentre la forma de abozalar a su rottweiler favorito, éste continuará brindando motivos irresistibles para salir a la calle a quienes manifiestan sus opiniones aporreando cacerolas, ollas o cualquier otro utensilio metálico.

Para los peronistas, el hecho de que con la eventual excepción de Plaza de Mayo y sus alrededores la calle pertenezca a una oposición multitudinaria amorfa es todo un desafío. El mito fundacional de su movimiento da un lugar de privilegio a la muchedumbre y cada tanto se sienten constreñidos a procurar volver a realizar, aunque sea de modo claramente artificial, los acontecimientos que culminaron el 17 de octubre de 1946. Toda vez que las circunstancias parecen exigirlo, repiten los mismos ritos, lo que hoy en día es un ejercicio sumamente caro costeado en última instancia por los contribuyentes, ya que los intendentes del conurbano y de distritos más alejados, los “luchadores sociales” y otros que dependen de la munificencia presidencial se saben obligados a transportar a Plaza de Mayo una cantidad adecuada de gente para hacer número y, si pueden, a llamar la atención del jefe a los resultados de sus esfuerzos.

¡Cuánta envidia sentirán los kirchneristas cuando piensan en los cacerolazos masivos que nadie tiene que organizar! Sin gastar un solo centavo salvo los supuestos por el uso del celular para difundir mensajes de texto, en un par de horas los enojados con el Gobierno pueden convocar a decenas de miles de manifestantes. Lo único que necesitan es un buen pretexto, pero puesto que el Gobierno y sus adalides raramente dejan pasar un día sin cometer al menos una barbaridad, tienen asegurado un suministro constante de motivos para ir a la cocina y escoger el instrumento que les parece más apropiado para hacer ruido, para entonces reunirse con otros manifestantes de sentimientos similares.

Por James Neilson, periodista y analista político, ex director de “The Buenos Aires Herald”. | Ilustración: Pablo Temes.

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