Blog de interés cultural, social y comunicacional. Site dedicado a la difusión de las artes y espectáculos. Pensamientos del colectivo imaginario. Reflexión sobre temas cotidianos. Una manera de proponer ideas para una Argentina mejor, comprometida con su gente, su pasado, presente y futuro. - EL OJO PARLANTE - Copyright © TM 2005 - 2008 - R.A.Carrasquet - Ciudad Autónoma de la Santísima Trinidad - Puerto de Santa María de los Buenos Aires - Sudamérica - República Argentina -

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2.5.08

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Tren bala y tren blanco


Por Alicia Dujovne Ortiz
Para LA NACION



Cada mañana, por Radio Classique, la radio francesa que transmite exclusivamente música clásica, me veo obligada a escuchar noticias y publicidades financieras, sin duda, porque la emisora considera que los amantes de esa música son los banqueros y los empresarios. De todas esas propagandas, la que más dentera me produce es la del TGV Pro. Traduzco: el tren de gran velocidad, al que los argentinos llamamos "tren bala", dedicado, en este caso, a los profesionales.

Un locutor que se derrite como la cera musita fascinado: "El Pro no tiene tiempo que perder; el Pro mientras viaja necesita trabajar, trabajar y trabajar sin distraerse un minuto; al Pro debemos llevarle la comida a su asiento para que no tenga que levantarse a buscarla en el coche comedor, el Pro...". Y ya no sé cómo sigue, porque al llegar aquí, apago.

Pero el susurro calenturiento ha logrado su objetivo, instándome a recordar mis propias experiencias en algún TGV que me ha tocado tomar, para ir, por ejemplo, de París a Lyon.

Era limpio, eso sí. Limpio y silencioso como un templo, o como un hospital de cualquier lugar como la gente, vale decir, no uno de nuestro conurbano. Inútil aclarar que en el recinto entre metálico y aterciopelado no volaba una mosca, porque ninguna sobreviviría en semejante ambiente, allí donde los Pro consultan calladitos sus mínimas computadoras, mientras por la ventanilla circula suavemente un paisaje tan planchado, peinado y manicurado como el del interior del coche.

Un paisaje, eso sí, sin demasiados pesticidas mortíferos ni plantaciones de OGN (organismos genéticamente modificados), porque esas cosas, en el Primer Mundo, están prohibidas.

Así, pues, cada mañana, mientras apago la radio para acallar a los Pro con sus poco envidiables almuerzos tragados a los apurones entre aparatos varios (por hábiles que sean, la operación conlleva un riesgo para el teclado de la portátil y la raya del pantalón), pienso en las diferentes connotaciones que para cada uno de nosotros adopta la palabra "tren".

Connotaciones siniestras es lo que sobra: en Europa, los vagones de ganado que iban a Auschwitz han quedado tan grabados en las conciencias que un líder de ultraderecha como Le Pen eligió esa imagen ferroviaria para sus provocaciones antisemitas. Y en la Argentina, la célebre conversación entre Lucio V. Mansilla y el cacique Mariano Rosas nos ha quedado sonando en la memoria. "Habla la verdad, hermano -le dijo el jefe indio al dandy de capa roja que le metía por los ojos el tratado de paz-. Ustedes, los blancos, quieren hacernos desaparecer para que el ferrocarril pase por nuestras tierras."

Connotaciones alegres, por supuesto, tampoco faltan: aquellos trenes carreta que nos tomábamos para largarnos de vacaciones a cualquier punto del país, porque total qué apuro había si viajábamos fantaseando con un sulky y un caballito tranquilo de los que se espantan los bichos contrayendo la grupa.

Eran trenes que no parecían aludir ni a un poder asesino ni al contraste entre una población condenada y otra victoriosa, sino sencillamente a un avance, a un progreso que, en el caso de los ranqueles, había costado caro, es cierto, pero que ya formaba parte de nuestras costumbres y funcionaba bien.

En todo caso, cuando la locomotora entraba humeante y fragorosa en los pueblitos más apartados de la Argentina, las chicas se vestían de fiesta para verla llegar, esperanzadas, a ver si el novio aparecía. Después de haber sido instrumento de muerte, el ferrocarril llevaba vida e ilusiones de Norte a Sur.

Lo anterior va sólo a manera de meditación de índole socioafectiva: algo habrá en el tracatraca de los trenes que nos resulta entrañable, y por algo será que su progresiva desaparición genera, por motivos simétricamente opuestos, un sentimiento de desamparo similar al del cacique adoptado por Rosas. Hace muy poco, una chica que logró el milagro de viajar en tren de Córdoba a Buenos Aires me contó que la gente en las estaciones los aplaudía. Era una reconquista digna de que la banda del pueblo la celebrara con bombo y platillo.

Un caso aislado, por desgracia. ¿Quién podría recibir con marchitas eufóricas a los aterradores ómnibus de dos pisos que se bambolean a punto de caer a un lado u otro para quedar de canto y cuya definitiva erradicación por causa de máximo peligro todavía esperamos?

Nuestra realidad de hoy es una Argentina sin trenes, con 870 pueblos fantasma, tan condenados al olvido como antes las tolderías. Así lo afirma Juan Carlos Cena, integrante del Movimiento Nacional por la Recuperación de los Ferrocarriles Argentinos, en su muy bien documentado libro El ferrocidio .

Como muchos otros observadores, entre los que citaré a aquellos cuyos mensajes he recibido directa o indirectamente en estas lejanas tierras -el escritor Mempo Giardinelli y el cineasta Pino Solanas-, Cena califica el proyecto de TGV argentino, o de tren bala, de "desatino nacional". Esa clase de desatino que siempre va unido al gigantismo.

Restaurados como se debe, los trencitos normales tardarían apenas 45 minutos más que el esplendoroso invento francés en unir Buenos Aires y Rosario.

Antes había en esa línea dos trenes a la mañana y dos a la tarde, y cuando digo "trenes" me refiero a esas conocidas longanizas con la locomotora en la punta donde podía viajar cualquiera, no a la bala ultramoderna, donde el boleto a la citada ciudad, ida y vuelta, en segunda clase, costará, según calculan, la bonita suma de 470 pesos y que, por consiguiente, sólo podrá ser frecuentada por la versión local del Pro que se atraganta a solas en su asiento, porque la fiebre de ganancias le impide saborear un bife conversando con algún congénere y gozando de un poquito de paz.

Es curioso cómo lo ferroviario se ha convertido en metáfora de las desigualdades sociales en la Argentina. En las últimas estribaciones de los 90, solía yo tomarme un tren azul eléctrico que, pasando por Olivos y Acassuso, terminaba en un sitio perdido de la Tierra llamado, no sin ironía, Victoria. Durante el verano, la refrigeración era tan exagerada que se volvía necesario llevar bufanda.

Por ese tiempo, los cartoneros todavía no habían conseguido su tren blanco, de modo que subían con sus opacos tesoros al resplandeciente medio de transporte no pensado para ellos. Ante su presencia, el tono eléctrico de este último rozaba el cortocircuito. A todas luces, los usuarios de este tren bien pintado y lustrado estaban lejos de apreciar las pilas de basura en equilibrio sobre los imaginativos carritos. Así que se quejaron, y los cartoneros tuvieron su propio tren.

Con o sin él, resulta de todos modos interesante observar la transformación de la realidad a partir de la estación Victoria. Es como si allí terminara un mundo y comenzara otro. El de este lado lo conocemos; el del otro cuenta con un trencito sin vidrios en las ventanillas, por donde entran la tierra, el solazo y algunas piedras, sin cuero en los asientos, o bien, directamente, sin asientos, que sale de Victoria medio ladeado, como esos perros callejeros cuando trotan esquivando sus cuartos traseros en previsión del puntapié.

No es un tren específico para cartoneros, sino uno concebido para viajeros de suburbios pobres que no se creen con derecho a echar chispas de indignación, y que, en consecuencia, se aguantan su suerte.

¿Por qué ha sido eliminado el tren blanco de la faz del planeta, sección Argentina? Porque estaba en malas condiciones y se volvía peligroso. Nada cuesta creerlo. Pero ¿por qué no se lo ha reparado o reemplazado para ayudar a esa parte de nuestra población que actúa en pro, no en Pro, de nuestra ecología, seleccionando una basura que ya nadie sabe dónde meter y, de paso, sobreviviendo como puede hasta que algún rey mago aparezca con la promesa cumplida de un "trabajo digno"? Pregunta retórica: si se privilegia el tren bala destinado a unos pocos, antes que los trenes utilizables por muchos, ¿qué puede pesar en la balanza el drama de esas mujeres, esos hombres y esos niños que se ensucian hasta el codo abriendo nuestras bolsas en busca de la perla escondida?

Hace un tiempo, una palabra utilizada por un funcionario del gobierno de la ciudad para justificar la violencia de la policía al desalojar a los cartoneros acantonados, nueva ironía, en ese legendario sitio de cirujas inmortalizado como Pampa y la vía, porque la falta del tren blanco los había dejado de a pie, me ha dejado perpleja. Esa palabra es "impecable". "La actuación de la policía ha sido impecable", sostuvo el funcionario al referirse a los forcejeos de la fuerza pública para vaciar el lugar de desperdicios y de personas consideradas como tales. Una palabra que esconde la idea de la pobreza pecaminosa bajo el poncho del inconsciente.

La energía fumigadora de esa policía que limpió el lugar a manguerazos hasta dejarlo exento de mancha o de pecado coincide con aquellos desalojos de triste memoria: ¿cómo no recordar la destrucción de las villas durante la dictadura? Ni las topadoras que aplastaban las casitas ofrecían la mínima solución de recambio ni este operativo limpieza se muestra preocupado por otra cosa que barrer y pasar el trapo. La expresión de deseo "basura cero" no aparece contrabalanceada por la de "hambre cero". Si los cartoneros se niegan a utilizar los camiones que la ciudad dice ofrecerles a cambio del tren blanco, no ha de ser por capricho: a menos que se insista en considerarlos descerebrados natos, la lógica más elemental indica que su negativa tiene un sentido, puesto que nadie obra en contra de sus propios intereses.

Personas tratadas como animales, trenes de ganado para seres humanos. El que así lo desee puede buscar en Internet los blogs de los usuarios del Ferrocarril Roca, donde podrá enterarse de que sus pasajeros habituales se sienten manipulados como bovinos. Recomiendo en especial un dibujo que representa a dos vacas rumbo a su trabajo, saliendo malhumoradas de un vagón. Vacas de enfurruñado testuz, que ya no miran pasar el tren, sino que deben tomarlo ellas, amontonadas como rumbo al matadero mientras, en un futuro no lejano, los trenes bala pasarán pitando frente a sus ojos, dejando entrever, recortado en el marco de cada ventanilla, el perfil casi romano del hombre que aprovecha.

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Cada mañana, por Radio Classique, la radio francesa que transmite exclusivamente música clásica, me veo obligada a escuchar noticias y publicidades financieras, sin duda, porque la emisora considera que los amantes de esa música son los banqueros y los empresarios. De todas esas propagandas, la que más dentera me produce es la del TGV Pro. Traduzco: el tren de gran velocidad, al que los argentinos llamamos "tren bala", dedicado, en este caso, a los profesionales.

Un locutor que se derrite como la cera musita fascinado: "El Pro no tiene tiempo que perder; el Pro mientras viaja necesita trabajar, trabajar y trabajar sin distraerse un minuto; al Pro debemos llevarle la comida a su asiento para que no tenga que levantarse a buscarla en el coche comedor, el Pro...". Y ya no sé cómo sigue, porque al llegar aquí, apago.

Pero el susurro calenturiento ha logrado su objetivo, instándome a recordar mis propias experiencias en algún TGV que me ha tocado tomar, para ir, por ejemplo, de París a Lyon.

Era limpio, eso sí. Limpio y silencioso como un templo, o como un hospital de cualquier lugar como la gente, vale decir, no uno de nuestro conurbano. Inútil aclarar que en el recinto entre metálico y aterciopelado no volaba una mosca, porque ninguna sobreviviría en semejante ambiente, allí donde los Pro consultan calladitos sus mínimas computadoras, mientras por la ventanilla circula suavemente un paisaje tan planchado, peinado y manicurado como el del interior del coche.

Un paisaje, eso sí, sin demasiados pesticidas mortíferos ni plantaciones de OGN (organismos genéticamente modificados), porque esas cosas, en el Primer Mundo, están prohibidas.

Así, pues, cada mañana, mientras apago la radio para acallar a los Pro con sus poco envidiables almuerzos tragados a los apurones entre aparatos varios (por hábiles que sean, la operación conlleva un riesgo para el teclado de la portátil y la raya del pantalón), pienso en las diferentes connotaciones que para cada uno de nosotros adopta la palabra "tren".

Connotaciones siniestras es lo que sobra: en Europa, los vagones de ganado que iban a Auschwitz han quedado tan grabados en las conciencias que un líder de ultraderecha como Le Pen eligió esa imagen ferroviaria para sus provocaciones antisemitas. Y en la Argentina, la célebre conversación entre Lucio V. Mansilla y el cacique Mariano Rosas nos ha quedado sonando en la memoria. "Habla la verdad, hermano -le dijo el jefe indio al dandy de capa roja que le metía por los ojos el tratado de paz-. Ustedes, los blancos, quieren hacernos desaparecer para que el ferrocarril pase por nuestras tierras."

Connotaciones alegres, por supuesto, tampoco faltan: aquellos trenes carreta que nos tomábamos para largarnos de vacaciones a cualquier punto del país, porque total qué apuro había si viajábamos fantaseando con un sulky y un caballito tranquilo de los que se espantan los bichos contrayendo la grupa.

Eran trenes que no parecían aludir ni a un poder asesino ni al contraste entre una población condenada y otra victoriosa, sino sencillamente a un avance, a un progreso que, en el caso de los ranqueles, había costado caro, es cierto, pero que ya formaba parte de nuestras costumbres y funcionaba bien.

En todo caso, cuando la locomotora entraba humeante y fragorosa en los pueblitos más apartados de la Argentina, las chicas se vestían de fiesta para verla llegar, esperanzadas, a ver si el novio aparecía. Después de haber sido instrumento de muerte, el ferrocarril llevaba vida e ilusiones de Norte a Sur.

Lo anterior va sólo a manera de meditación de índole socioafectiva: algo habrá en el tracatraca de los trenes que nos resulta entrañable, y por algo será que su progresiva desaparición genera, por motivos simétricamente opuestos, un sentimiento de desamparo similar al del cacique adoptado por Rosas. Hace muy poco, una chica que logró el milagro de viajar en tren de Córdoba a Buenos Aires me contó que la gente en las estaciones los aplaudía. Era una reconquista digna de que la banda del pueblo la celebrara con bombo y platillo.

Un caso aislado, por desgracia. ¿Quién podría recibir con marchitas eufóricas a los aterradores ómnibus de dos pisos que se bambolean a punto de caer a un lado u otro para quedar de canto y cuya definitiva erradicación por causa de máximo peligro todavía esperamos?

Nuestra realidad de hoy es una Argentina sin trenes, con 870 pueblos fantasma, tan condenados al olvido como antes las tolderías. Así lo afirma Juan Carlos Cena, integrante del Movimiento Nacional por la Recuperación de los Ferrocarriles Argentinos, en su muy bien documentado libro El ferrocidio .

Como muchos otros observadores, entre los que citaré a aquellos cuyos mensajes he recibido directa o indirectamente en estas lejanas tierras -el escritor Mempo Giardinelli y el cineasta Pino Solanas-, Cena califica el proyecto de TGV argentino, o de tren bala, de "desatino nacional". Esa clase de desatino que siempre va unido al gigantismo.

Restaurados como se debe, los trencitos normales tardarían apenas 45 minutos más que el esplendoroso invento francés en unir Buenos Aires y Rosario.

Antes había en esa línea dos trenes a la mañana y dos a la tarde, y cuando digo "trenes" me refiero a esas conocidas longanizas con la locomotora en la punta donde podía viajar cualquiera, no a la bala ultramoderna, donde el boleto a la citada ciudad, ida y vuelta, en segunda clase, costará, según calculan, la bonita suma de 470 pesos y que, por consiguiente, sólo podrá ser frecuentada por la versión local del Pro que se atraganta a solas en su asiento, porque la fiebre de ganancias le impide saborear un bife conversando con algún congénere y gozando de un poquito de paz.

Es curioso cómo lo ferroviario se ha convertido en metáfora de las desigualdades sociales en la Argentina. En las últimas estribaciones de los 90, solía yo tomarme un tren azul eléctrico que, pasando por Olivos y Acassuso, terminaba en un sitio perdido de la Tierra llamado, no sin ironía, Victoria. Durante el verano, la refrigeración era tan exagerada que se volvía necesario llevar bufanda.

Por ese tiempo, los cartoneros todavía no habían conseguido su tren blanco, de modo que subían con sus opacos tesoros al resplandeciente medio de transporte no pensado para ellos. Ante su presencia, el tono eléctrico de este último rozaba el cortocircuito. A todas luces, los usuarios de este tren bien pintado y lustrado estaban lejos de apreciar las pilas de basura en equilibrio sobre los imaginativos carritos. Así que se quejaron, y los cartoneros tuvieron su propio tren.

Con o sin él, resulta de todos modos interesante observar la transformación de la realidad a partir de la estación Victoria. Es como si allí terminara un mundo y comenzara otro. El de este lado lo conocemos; el del otro cuenta con un trencito sin vidrios en las ventanillas, por donde entran la tierra, el solazo y algunas piedras, sin cuero en los asientos, o bien, directamente, sin asientos, que sale de Victoria medio ladeado, como esos perros callejeros cuando trotan esquivando sus cuartos traseros en previsión del puntapié.

No es un tren específico para cartoneros, sino uno concebido para viajeros de suburbios pobres que no se creen con derecho a echar chispas de indignación, y que, en consecuencia, se aguantan su suerte.

¿Por qué ha sido eliminado el tren blanco de la faz del planeta, sección Argentina? Porque estaba en malas condiciones y se volvía peligroso. Nada cuesta creerlo. Pero ¿por qué no se lo ha reparado o reemplazado para ayudar a esa parte de nuestra población que actúa en pro, no en Pro, de nuestra ecología, seleccionando una basura que ya nadie sabe dónde meter y, de paso, sobreviviendo como puede hasta que algún rey mago aparezca con la promesa cumplida de un "trabajo digno"? Pregunta retórica: si se privilegia el tren bala destinado a unos pocos, antes que los trenes utilizables por muchos, ¿qué puede pesar en la balanza el drama de esas mujeres, esos hombres y esos niños que se ensucian hasta el codo abriendo nuestras bolsas en busca de la perla escondida?

Hace un tiempo, una palabra utilizada por un funcionario del gobierno de la ciudad para justificar la violencia de la policía al desalojar a los cartoneros acantonados, nueva ironía, en ese legendario sitio de cirujas inmortalizado como Pampa y la vía, porque la falta del tren blanco los había dejado de a pie, me ha dejado perpleja. Esa palabra es "impecable". "La actuación de la policía ha sido impecable", sostuvo el funcionario al referirse a los forcejeos de la fuerza pública para vaciar el lugar de desperdicios y de personas consideradas como tales. Una palabra que esconde la idea de la pobreza pecaminosa bajo el poncho del inconsciente.

La energía fumigadora de esa policía que limpió el lugar a manguerazos hasta dejarlo exento de mancha o de pecado coincide con aquellos desalojos de triste memoria: ¿cómo no recordar la destrucción de las villas durante la dictadura? Ni las topadoras que aplastaban las casitas ofrecían la mínima solución de recambio ni este operativo limpieza se muestra preocupado por otra cosa que barrer y pasar el trapo. La expresión de deseo "basura cero" no aparece contrabalanceada por la de "hambre cero". Si los cartoneros se niegan a utilizar los camiones que la ciudad dice ofrecerles a cambio del tren blanco, no ha de ser por capricho: a menos que se insista en considerarlos descerebrados natos, la lógica más elemental indica que su negativa tiene un sentido, puesto que nadie obra en contra de sus propios intereses.

Personas tratadas como animales, trenes de ganado para seres humanos. El que así lo desee puede buscar en Internet los blogs de los usuarios del Ferrocarril Roca, donde podrá enterarse de que sus pasajeros habituales se sienten manipulados como bovinos. Recomiendo en especial un dibujo que representa a dos vacas rumbo a su trabajo, saliendo malhumoradas de un vagón. Vacas de enfurruñado testuz, que ya no miran pasar el tren, sino que deben tomarlo ellas, amontonadas como rumbo al matadero mientras, en un futuro no lejano, los trenes bala pasarán pitando frente a sus ojos, dejando entrever, recortado en el marco de cada ventanilla, el perfil casi romano del hombre que aprovecha.

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